Monte de Leños:

Una buena acción

.
Por: Matias Alvarez
Última vez editado: Tiempo de lectura:

    ¿Lo de siempre señor Michelsen? Me había preguntado el mozo aquella mañana en el café. Ni Mich o David, que es mi nombre de pila, solo Michelsen. Y si hubieses conocido su situación de ese entonces, pues, dirías que lo hizo por una muy buena razón.

    Cuando el vagabundo entraba a tu casa, deambulaba por el jardín y se ponía a oler las fresias y los geranios, o defecaba junto a la fuente de mármol; o sí en el instante en que era sorprendido con el culo embarrado salía disparado, saltaba con agilidad la cerca que ese mismo día habías terminado de pintar y escapaba, tan desnudo como su madre lo trajo al mundo, corriendo por la calle y aullándole a la luna con un racimo de flores arrancadas, bueno, tu humor, definitivamente no sería el de siempre.

     Al llamarme Michelsen, y no Mich o David, el hombre corroboraba su desdicha. Porque tenía todo el derecho de hacer a un lado la cordialidad y mandar al tacho a cualquiera de los clientes que se atreviese a levantarle la voz o derramar el zumo de naranja sobre el plato mediano de los tostados. Estaba más que justificada su decisión de actuar de la manera que eligiera. Ni el gerente tendría el valor necesario de interceptarlo detrás del mostrador y decirle, apoyándole una fraternal mano sobre el hombro: al menos intentá esbozar una sonrisa Silvio.

     Hacía más de treinta años que trabajaba en el lugar. La clientela lo conocía. La mayoría (yo incluído) cuando éramos chicos y nuestros padres nos llevaban a tomar un helado, solíamos toparnos con el viejo Silvio, joven, de más está decir, con la espina dorsal recta y sin un rastro de las canas que ahora florecían por encima de sus orejas.  A lo que me refiero es que es fácil reconocer cuando algo no anda muy bien con una persona a la cual le conoces todos sus gestos y que adopta una actitud esquiva, innatural en ella. 

     La noticia se había dado a conocer a través de los medios de una forma harto particular: ¡Escándalo! Comunicaba uno de los periodistas del canal municipal. Una mosca en la sopa, pensaba yo en mi fuero interno, mientras me dirigía en el auto a la casa de mi padre. 

     A Monte de Leños se lo conoce por sus barrios de residencias perfectamente construidas; por sus plazas, esparcidas de olmos y cipreses, y a su vez divididas por la antigua estación de tren. Se lo conoce por los diversos festivales y por el arroyo manso, rico en dorados y surubíes, donde las garzas se detienen a descansar. Se la conoce por la iglesia, cuyo campanario señala el cielo como un majestuoso dedo blanco, y por el par de arcos, que erguidos por sobre el asfalto, representan la entrada y salida de la comunidad. A Montes de Leños lo hallabas en los folletos turísticos por estas y muchas otras cosas más, pero jamás por funciones de exhibicionismo.  

     Al vagabundo lo había descubierto un niño de ocho años en una excursión de boys scouts. El rover tuvo que trazar una ruta específica para mostrarles a los pequeños los puntos históricos del pueblo y al pasar por el frente de la vieja locomotora a vapor uno de ellos dijo ahí hay algo que se mueve, dirigiéndose a las inactivas ruedas de la mole de acero. Desobedeciendo la orden del guía, el grupo de lobeznos se acercó y descubrió al harapiento sujeto que, completamente desnudo, dormía y se tapaba sus partes con un puñado de hojas de revista enmohecidas. Aquel hombre, luego de una pelea embravecida, se vería arrastrado por las autoridades a un lugar remoto. Para, en un periodo de dos semanas, surgir de la nada y empezar a irrumpir en distintos hogares, robando flores y defecando junto a enanos de jardín y fuentes de mármol.

    ¿Quién era realmente? Nadie lo sabía.

    ¿Cómo había llegado al pueblo? Bueno, uno se sentaba y aguardaba por la mejor hipótesis que los canales de noticias pudieran ofrecer.

    Aquella mañana estaba en una de las mesas del exterior del café, viendo a Silvio alejarse con una bandeja repleta de botellas vacías y vasos con gaseosa a medio terminar, disfrutando del sol cálido que se derramaba por mi frente, adormeciéndome, sintiendo el dulzor de los arbustos recién emparejados, esos que flanquean la calle como soldados respetuosos, y entre que disfrutaba del intacto equilibrio del viejo pretendía no escuchar a la pareja de homosexuales que se acababa de levantar de su propia mesa a saludar a un tercero que parecían reconocer de sus años de estudio. Supongamos, por ejemplo, que estaba comiendo sin ganas una porción de struedel y no agudizaba el oído para entender más nítidamente la conversación. La pareja hablaba con fervor de su última salida nocturna, donde uno de ellos se emborrachó e hizo el ridículo. Si mi anatomía lo permitiese dejaría que me hiciese un hijo, atiné a escuchar que decía uno de ellos. Para luego amortiguar su risa con la manga del ligero pullover que llevaba puesto. Pervertido, agregó otro.

    Se jugó con la idea de que el marginado podría haber sido puesto entre las ruedas de la locomotora a propósito. Que todo se debía a la intolerancia creciente de cierta parte del pueblo para con los integrantes del nuevo municipio. Una estrategia que repercutiría favorablemente a los que se habían visto destituidos de su cargo.

     En eso, justamente, derivó la charla de los hombres.

    Junto a la mesa de los invertidos había otra donde una familia comía pastas y la única hija del matrimonio estaba imitando a un director de orquesta, sacudiendo los cubiertos y manchando con salsa el mantel y los individuales. Pensaba en el pobre Silvio, en su carga emocional; en el peso negativo que le encorvaba la espalda, resultado de la intrusión del vagabundo en su casa.

    Ignoro si luego de haber pasado por aquello el mozo instaló un sistema de alarmas de última generación o compró, no sé, un perro rottwailer. Si lo hizo, bien por él y por la futura seguridad de su jardín, porque pasados unos días encontraron al vagabundo desnudo y atado de pies y manos con cinta de embalar. Lo habían asfixiado con una bolsa de supermercado. Aún estaba cubriendo su cabeza y una parte del material se hallaba introducido en su boca, como la boquilla del tubo de una aspiradora que se atraganta con un trozo de alfombra suelta.  

    A todo esto, prefiero obviar y no entrar en detalles en lo que respecta al descubrimiento del cuerpo. Lo que sí puedo decir es que no se volvió a tocar el tema. Todo se redujo a un episodio aislado que la misma población se encargó de enterrar en el subconsciente del pueblo.

    Si alguien preguntaba por qué fue tan fácil olvidar el asunto, te respondían, sin un asomo de vergüenza, que había sido por el bien de todos. Una de esas buenas acciones que se dan en la vida.

    Yo, personalmente, lo hago con mis nietos, y trato de que no llegue a sus oídos inocentes lo que los pueblos vecinos murmuran acerca de nosotros: que la estúpida ilusión de la excelencia o el diseño maestro de una reputación intachable, es parte de la idiosincrasia que perseguirá a los habitantes como una enfermedad hereditaria.   

     Hoy la luna es como la marca de una uña hundida en la carne; hoy los recuerdos afloran como el agua turbia de una alcantarilla; hoy reconozco que he obrado mal, que como muchos he criticado sin argumentos y he sido hipócrita. Que pude haber salpicado el inodoro de algún que otro restaurante con orina y no haberlo limpiado. Lo sé, me declaro culpable de eso. Pero no obstante, aseguro que haber confabulado con mi padre, el actual intendente y artífice del experimento, no fue para nada en vano. Sobre todo en la elección de aquella marca de cinta adhesiva.  


X